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Le hablo al corazón humano

08 Sep Le hablo al corazón humano

Autor: Sofía Molina
Fotos: Collab

No es secreto que vivimos en una sociedad cada vez más rota, fraccionada por etiquetas y estereotipos que se propagan como un virus en la mentalidad de quienes habitamos el mundo. “Nos importa demasiado si eres rico, pobre, blanco o negro, si vives en Cedritos o en Ciudad Bolívar, si eres heterosexual u homosexual” reflexiona Judith Bautista Fajardo, música y poeta bogotana, al hablar sobre el papel de la poesía en la actualidad. “Nos perdimos, no somos capaces de vincularnos, de sentir el dolor del otro, ni de construir una sociedad pensada para el bienestar de todos”. Y es que la ley del más fuerte, del más bello y del más avispado rige nuestros días, En especial en un mundo donde las redes sociales se han convertido en el espacio de alabanza del yo y cada perfil de Facebook, Instagram o Twitter no es más que el alimento perfecto para engordecer nuestros egos. Así, la inquietud esbozada por Hölderlin nos llega hasta hoy: ¿para qué poetas en tiempos de miseria?

Es cierto que resulta difícil saber, a ciencia cierta, cuál es el papel de la poesía en una contemporaneidad donde la fugacidad de la imagen y del sonido predominan sobre el detenimiento que exige la lectura. Para muchos, las letras están muertas ante una realidad utilitaria y pensar en el papel del escritor o del poeta les resulta absurdo al ser oficios que en apariencia no producen nada. En cambio, hay quienes, como Judith, encuentran un rayo de esperanza en estas disciplinas y consideran que son ahora más necesarias que nunca al ser las únicas encargadas de hablar y reflexionar sobre lo humano. “Yo si creo que un arte consciente y vinculante es el salvavidas para volver a ser humanos, porque hemos perdido mucho de humanidad” afirma la poeta.

Y esta conciencia la vemos claramente expresada en la obra de Judith. En poemas como Seres de luz el lector no puede evitar transportarse a referentes que le son cercanos. Este poema hace parte de aquellos poemas escritos en una sentada, producto de una indignación profunda al caer la primera bomba gringa sobre suelo iraquí en el 2003. Judith había estado protestando varios días ante esa guerra y la mañana en que apareció la noticia las palabras llegaron a ella como vómito, “y no he cambiado ni una palabra desde que lo escribí” cuenta Judith. Ya lo dijo Charles Baudelaire ciento cincuenta años atrás y es que el trabajo del poeta, más allá de escribir versos, es ser hombre de mundo. Quien escribe lleva entonces la responsabilidad de tomar una postura frente a su realidad. “Yo soy abanderada porque la poesía, además de belleza, contenga un valor social” dice Judith.

De esta manera, la poesía de Judith pretende ser un portal, un despertar de realidades y pensamientos. Y ello se siente al leer los primeros poemas de Destello de tormenta azul pues en la brevedad de tres versos Judith logra transmitir la eternidad de aquello que elimina toda individualidad, ese sentir de algo más grande y profundo. Al finalizar cada poema el lector permanece flotando en un espacio intemporal, un silencio que invita a la reflexión, al sentimiento, al cambio.

“Yo creo que todo acto creativo es un viaje. Con la primera frase invitas a la persona a subirse a tu barca” dice Judith, y ese desplazamiento que implica su poesía no pretende alejar al lector de su realidad sino hacer presente, bajo una mirada distinta. Así, el significado de la existencia se expande y se fragmenta en los poemas de Judith. Elementos tan comunes como la lluvia y tan trascendentales como la muerte cambian su sentido, adquieren un aura distinta. En Canción para mi muerte, por ejemplo, se presenta una relación horizontal con la temida parca, Judith le ofrece al lector una manera diferente de pensar y sentir la muerte bajo una postura de recibimiento como si el transcender fuese un pasadizo más de la vida.

Pero este viaje no sólo lo emprende el lector. En el poema Acto poético, Judith nos revela sobre su experiencia ante la escritura como un ir a otro mundo. Y es que la poesía permite la apertura de nuevas dimensiones, infinitas e intangibles, de las que no se regresa siendo el mismo. “Yo siento que el campo a donde quiero llegar con mi poesía es el corazón humano y por supuesto no hay manera de hacerlo si no escribo desde mi corazón. Exponer mi ser para llegar al corazón de las personas”.

Así, la poesía transforma a quien la reciba y por eso la re significación y apertura del lenguaje permite sanar heridas, reconciliar pasados, soñar futuros. En su juventud, Judith emprendió un largo viaje como misionera por Colombia y conoció las tristezas y fortalezas de las gentes del país. Ahora, trabaja ayudando a quien necesite cualquier tipo de sanación y ha dirigido varios talleres con víctimas del conflicto armado para ayudarlas a encontrar una voz propia y consciente ante lo sucedido. “Mi vida ha sido muy de servicio, de comunidad, y toda mi poesía nace de allí” cuenta la poeta. Quizás este tipo de encuentros con el arte es lo que necesita el país al adentrarse en una nueva era que promete la paz, quizás la transformación y reflexión que permite la poesía sea el camino para encontrarla.

Lo cierto es que el lenguaje es común a todos, de él nace pensamiento, sentimiento y realidad. Es la esfera mediante la cual configuramos y organizamos lo que conocemos y el poder de la palabra es crucial para el ser humano. “Tengo una frase que siempre va conmigo y es que ser poeta no es simplemente escribir sino ser consiente del valor de la palabra, por tanto, al ser poeta se es responsable de lo que se dice y de lo que se calla” dice Judith. Lamentablemente, esta consciencia ante lo que decimos y silenciamos se ha perdido, las personas transitan por encima del lenguaje sin ser reflexivos ante lo que sus palabras desatan y es el trabajo del poeta sanar esa relación, manifestar la complejidad del verbo.

Así, el oficio de escribir es necesario para dar cuenta de nosotros mismos, el poeta surge como un doctor social que lleva acabo una radiografía de su época, capaz de detectar las fisuras y armonías que la componen. Y, como muy bien dice Apollinaire: el mundo sólo se renueva por la poesía.

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